
había estropeado mi atuendo, una careta aprehendida, impuesta.
había repetido los nombres, las veces, los números que nos rigen, nuestras ansias palpitando desde el blister.
había sido un instante, un tiquiñazo en los huevos, una punta a escondidas.
me supe añejo esa madrugada, mi pensamiento se bifurcó y otorgué un pedazo de locura sospechando de un santo; y me preguntaba si era cierto el desconcierto y si habría palpitado suficiente como para maldecir de los caprichos asumidos y la conducta que nos sostiene.
no supe de la respuesta sino hasta al verla morir, asistir de su eutanasia a la reflexión profunda, la necesidad constante de encontrarse uno mismo, al mismo tiempo, con la certeza de que sea, justamente ese, el puto instante (venga tío que hay tiempo).